de arquitectura en el que trabajaba compartía con otros
negocios del mismo bloque, Chie vio un coche dando
marcha atrás para salir de uno de los preciados espacios.
Giró rápidamente el volante de su pequeño coche de
empresa con el cerebro y el cuerpo concentrados
automáticamente en conseguir aquel lugar vacío antes de
que alguien más lo viera. Cuando enfiló hacia el espacio fue
cuando se dio cuenta de que un carísimo, impresionante e
impecable coche deportivo, con un hombre igual de
impresionante e impecable al volante, estaba parado justo al
lado del lugar. Sin duda estaba esperando a que su
ocupante lo dejara vacío.
Chie vio la salvaje y fría mirada que le dirigió el hombre, y
leyó cómo formaba las palabras «¿qué diablos?» con aquella
boca sensualmente cincelada cuando pasó por delante de
él con el cuerpo tembloroso y las manos húmedas de sudor
agarradas al volante.
No estaba haciendo aquello sólo porque su arrogancia la
hubiera enfurecido. Aquella mañana había recibido una
llamada inesperada pidiéndole que fuera antes a la oficina
para estar presente en la reunión de socios. No podía
permitirse llegar tarde; la necesidad pasó por encima de la
culpabilidad que normalmente habría sentido por su falta de
educación al volante. Entonces él dirigió aquella mirada
segura de sí misma, arrogante y odiosa a su cuerpo, dejando
claro la clase de hombre que era: un depredador centrado ex-
clusivamente en sus propios deseos y necesidades.
Chie se dijo que ella necesitaba mucho más la plaza de
aparcamiento que él. Hacía quince minutos que tenía que estar en la oficina. Por otro lado, él parecía ser la clase de
hombre que normalmente utilizaba un chófer para que se
ocupara de asuntos tan mundanos como aparcar el coche.
Dentro del suyo, Chie se cambió los zapatos de conducir por
los tacones. El sonido de un motor acelerando furiosamente
hizo que suspirara aliviada. Sin duda el hombre se había
marchado, eso sí, a toda velocidad.
Itachi Uchiha había movido, unos metros el coche para dejar
pasar a otros vehículos, y se quedó mirando con asombrada
ira a la ladrona que acababa de quitarle el sitio en el
aparcamiento.
El hecho de que la fechoría hubiera sido cometida por una
mujer añadía un insulto a la afrenta. Por las venas de Itachi
corría la sangre de varias generaciones de hombres
poderosos, hombres autoritarios, dirigentes absolutistas. Y en
aquel momento esa sangre estaba corriendo a toda prisa y
hervía. Itachi no se habría descrito jamás como un misógino ni
mucho menos. Le gustaban las mujeres. Le gustaban mucho.
Pero generalmente, donde más le gustaban era en su cama,
no en una plaza de aparcamiento por la que había estado
esperando con una paciencia que iba contra su naturaleza.
No había más plazas disponibles, así que aparcó rápidamente
a un lado, obstruyendo la salida de dos vehículos, y apagó el
motor del coche. Abrió la puerta y sacó su cuerpo de uno
noventa del asiento del conductor.
Chie no fue consciente de que iban a regañarle por lo que
había hecho hasta que salió del coche. El pequeño trayecto
que había desde al aparcamiento hasta el ascensor que la
llevaba a la oficina era el tiempo que normalmente
necesitaba para colocarse firmemente la máscara de la
profesionalidad. Esa máscara ocultaba que no le gustaba el
interés masculino que normalmente despertaba en el trabajo.
Por eso ella también adoptaba una actitud defensiva: la
espalda recta, la mirada firme y un alzamiento de barbilla que
indicaba que era intocable. Todo para estar alerta del peligro,
pero ya era demasiado tarde y se vio obligada a dar un paso atrás a mitad de camino si no quería arriesgarse a toparse de
bruces con el hombre que se interponía entre ella y la salida.
-No tan deprisa. Quiero hablar un momento con usted.
Tenía un inglés excelente, algo que en cierto modo no casaba
con su aspecto tan moreno.
Bien, pues ella no pensaba hablar con él, desde luego.
Chie trató de sortearle y contuvo el aliento en ultrajado
asombro cuando el hombre le bloqueó el paso, acercándose
a ella hasta que sintió su aroma profundamente masculino. Era
oscuro y erótico, aderezado con algo más afilado, como el
roce de un guante de algodón que escondiera un peligro
oculto.
-Me está cortando el paso —le dijo Chie tratando de sonar
distante y fría.
—Y usted ha ocupado mi plaza de aparcamiento —respondió
el hombre.
Tal vez aquello fuera verdad, pero no estaba dispuesta a ceder.
-Yo la vi primero. Me pertenece —replicó ella. Al instante
deseó no haberlo hecho, porque el hombre se acercó más.
Su presencia la paralizó por completo.
—Las cosas pertenecen a aquéllos que son lo suficientemente
fuertes como para tomar lo que desean y mantenerlo, ya se
trate de una plaza de aparcamiento... o de una mujer.
Y sin duda él sería un hombre que poseería a su mujer.
Aquella certeza se había colado de alguna manera bajo su
armadura de protección, y Chie comenzó a sentirse
mareada, débil, poseída por la febril excitación que había
provocado su enfrentamiento verbal. Experimentó el peligroso
deseo de seguir presionándole, de poner a prueba su
autocontrol.
Un escalofrío la atravesó. Aquello era una locura. Porque era
un hombre. Y qué hombre, se vio obligada a reconocer. Para
empezar estaba su altura, mediría más de uno ochenta, así
que a pesar de los tacones se vio obligada a inclinar la
cabeza hacia atrás para mirarlo. A pesar de que durante
años había trabajado para no permitirse jamás sentirse físicamente atraída por ningún hombre, aquél estaba rodeado
de tal poderosa y salvaje aura de sexualidad, que Chie
sospechaba que ninguna mujer podría sustraerse a ella. Su
propia e inesperada vulnerabilidad desató una reacción en
cadena de pánico y furia en su interior que se intensificaron al
ver que ni así lograba bloquear el efecto que su virilidad
estaba ejerciendo sobre ella.
Unos pensamientos desconocidos y desde luego no
deseados atravesaron su mente con tanto vigor que fue
incapaz de atajarlos. Pensamientos peligrosos unidos al hecho
de que él fuera un hombre. Y no un hombre cualquiera, sino
el equivalente arquitectónico a la perfección. Chie
sospechó que mirarle podría convertirse en una compulsión
femenina. La camisa de aspecto caro que llevaba habría sido
sin duda confeccionada a medida para él. No le sobraba ni un
gra-
mo de grasa. Parecía como si su cuerpo fuera todo de duro
músculo y piel de seda. ¿Qué se sentiría al tocar a un
hombre así? ¿Qué se sentiría al disfrutar de un festín de
semejante sensualidad masculina desplegada para
satisfacción de sus sentidos? Una ráfaga de dardos le
atravesó el cuerpo, infectándolo letalmente con la punzada
del deseo.
Chie se llevó una mano al corazón en gesto protector para
tratar de calmar su acelerado latido. No debía sentirse así. Ni
ahora ni nunca. Ni con aquel hombre ni con ninguno. Trató de
apartar la vista de él, de romper el hechizo que su sexualidad
estaba proyectando sobre ella, pero su mirada se deslizó por
su rostro y se quedó allí clavada.
Sus genes no procedían de ningún ancestro anglosajón, estaba
segura de ello. Tenía unas facciones arrogantes, con una
pizca de crueldad grabada en ellas. Su rostro de piel
aceitunada era intensamente masculino, inteligente,
educado, arrogante y elegante. En él, destacaban los altos
pómulos, la fuerte barbilla y la romana rectitud de la nariz. Si
no hubiera sido por los inesperados ojos negros, Chie habría asegurado que el linaje de aquel hombre procedía de
las oscuras neblinas del tiempo, de una raza de hombres
destinados por nacimiento y por su propia fuerza a apartar a
un lado a todo lo que se opusiera a su voluntad.
Una mirada de aquellos ojos negros era como el disparo de
una pistola de rayo láser contra su escudo de hielo. Aquél era
un hombre con mayúsculas, masculino y poderoso, un hombre
que creía que su voluntad, sus deseos y sus necesidades
debían ser libres para tomar posesión de todo lo que quisiera.
El impacto de enfrentarse a él estaba provocando un efecto
peligroso en Chie. Sus sentidos se las habían arreglado de
alguna manera para romper el cinturón de castidad mental que
normalmente los tenía controlados, y se estaban comportando
como un grupo de adolescentes cargados de hormonas,
demasiado dispuestos a saciarse en el banquete que tenían
delante.
Pero, por supuesto, ella no tenía ninguna intención de
permitirles hacer algo semejante. Y contaba con años de
práctica para asegurarse de que le obedecían, se recordó
mientras luchaba por retener su aire de frío desinterés.
No le gustaba aquel hombre, decidió. No le gustaba ni lo más
mínimo. Era demasiado arrogante. Y demasiado masculino.
¿Sería eso por lo que no le gustaba? ¿Porque sabía
instintivamente que aquel tipo de sexualidad masculina era
demasiado peligroso para ella y que no estaba tan protegida
como sabía que debía estar?
Por supuesto que no, afirmó con decisión para sus adentros.
Itachi observó a la mujer que tenía delante con experimentada
mirada masculina. De tamaño medio, esbelta. Aunque la
combinación de la sobriedad de su traje de chaqueta negro,
que parecía un uniforme, con la sencilla camisa blanca, y el
hecho de que su ropa fuera barata y no se le ajustara al ser
demasiado grande para ella hacían imposible juzgar
adecuadamente cómo sería la forma de su cuerpo. Tenía el
negro cabello recogido con un moño tirante que revelaba la
delicada estructura ósea de su rostro, con sus pómulos femeninamente pronunciados y la piel luminosa. Las oscuras
pestañas, que brillaban bajo la luz, sugerían que no se había
pintado la raya ni se había puesto rímel.
Algunos hombres sin duda encontrarían en su frialdad a lo
Grace Kelly un reto sexual, y sentirían curiosidad por saber
cuánto interés masculino tendrían que aplicar para romper
aquel hielo, pero él no era uno de ellos. Le gustaba que sus
mujeres fueran sutilmente seductoras y dispuestas, que no
jugaran a ser doncellas de hielo.
En cualquier caso, aunque hubiera sido su tipo, en aquel
momento tenía la atención centrada en la retribución, no en la
seducción.
—Déjeme pasar —exigió Chie con rotundidad en un intento
de recordar cuál era la realidad de la situación.
Su cortante exigencia alimentó la impaciencia de Itachi. Le
había robado la plaza de aparcamiento y seguía peleona,
obstinada y negándose a admitir que no tenía razón. Toda su
actitud le llevaba a desear ponerla en su sitio.
Él no iba a moverse, y ella iba a llegar tarde. Decidida a
escapar, Chie se echó rápidamente a un lado, pero
entonces el hombre le agarró los antebrazos con hostilidad. Ella
sintió su presión sobre la piel, masculina y extraña,
quemándole la ropa y atravesándola como si le estuviera
tocando la piel desnuda. Una sensación de asombro y pánico
se apoderó de su cuerpo, y apretó los puños sintiendo el
deseo de golpearle con ellos el pecho.
—Suélteme —le exigió furiosa.
¿Soltarla? No había nada que deseara más. Ya le había
causado más problemas en cinco minutos de los que había
permitido que le causara ninguna mujer. La miró directamente.
Tenía el rostro pálido, los ojos brillantes de furia, y la boca...
Sujetándola con una mano, le soltó el brazo con la otra y la
alzó para retirarle el lápiz de labios de la boca con el dedo
pulgar, como si estuviera preparándose para besarla.
Chie se quedó petrificada, sorprendida ante la intimidad de
aquel gesto, y el momento se alargó mientras sus miradas quedaban entrelazadas. Incapaz de moverse, a Chie le
asombró el escalofrío que la recorrió cuando la mirada del
hombre se clavó en su boca, y sintió el deseo de... ¿De qué?
¿De apoyarse contra él?
El repentino ruido de un claxon provocó que Itachi la soltara y la
apartara de sí. ¿Qué se había apoderado de él? ¿Y qué
hubiera sucedido si no les hubieran molestado?, se preguntó
mientras Chie aprovechaba la interrupción para huir de él.
Para su alivio, el hombre no la siguió hasta el ascensor, que por
suerte estaba vacío. Una vez en él, camino de la oficina, con el
corazón latiéndole a toda prisa y la mente convertida en un
torbellino, tuvo que hacer un esfuerzo para no pensar en lo
que acababa de suceder y centrarse en el motivo por el que
todos habían sido convocados en la oficina.
Durante los dos últimos años, prácticamente desde que Chie
se había unido al prestigioso estudio de arquitectos, el estudio
había estado trabajando en un ambicioso y caro proyecto
para un multimillonario ruso que consistía en convertir la
pequeña isla que había adquirido en la costa de Croacia en
un complejo de vacaciones de lujo para ricos. La crisis
económica había dejado el proyecto en espera, pero a última
hora del día de ayer habían recibido la noticia de que la isla
tenía un nuevo propietario, otro multimillonario, un
emprendedor de éxito que había visto los planos de la isla y
quería hablar de ellos.
Aquella noticia había puesto en marcha a los socios. Todo el
mundo que estuviera relacionado con los planes, aunque
fuera a un nivel menor, había recibido la orden de estar
presente en la reunión de primera hora de la mañana por si el
nuevo dueño de la isla deseaba hablar de cualquier aspecto
de los planos. Lo ideal sería que diera luz verde al estancado
proyecto, pero por supuesto, no existía ninguna garantía al
respecto. Los arquitectos más jóvenes, como Chie,
mantenían los dedos cruzados para que así fuera.
El ascensor se detuvo en su planta. Chie salió y se dirigió al
despacho que compartía con otros arquitectos jóvenes, todos ellos hombres excepto ella, y todos decididos cada cual a su
modo en demostrar tanto a los socios como a ella que eran
mejor inversión para el estudio de lo que Chie sería nunca.
—No pasa nada —le dijo Kurenai Yuuhi, la secretaria que todos
compartían, cuando Chie entró en el despacho—. La reunión
se ha retrasado una hora. Al parecer, el nuevo propietario se
iba a retrasar.
Chie dejó escapar un suspiro de alivio y le dijo:
—Creí que iba a llegar tarde. Tuve que venir en mi coche
porque esta tarde tengo una reunión en una obra y el tráfico
estaba fatal.
Kurenai tenía treinta y cuatro años frente a los veintiséis de
Chie, y estaba casada con un topógrafo que estaba
trabajando en un proyecto en los Emiratos Arabes Unidos.
Trataba a los arquitectos jóvenes casi como a su único hijo,
con cariño maternal y afecto, y hacía todo lo posible por
evitar cualquier pelea entre ellos. A Chie le caía muy bien,
y agradecía mucho el apoyo que Kurenai le daba.
—¿Dónde están los demás? —le preguntó a Kurenai antes de
soltar un gruñido—. No, no me lo digas... déjame adivinar. Están
todos en el baño de hombres pensando en cómo evitar
cualquier culpa que pueda caer y cómo reclamar todos los
méritos.
Kurenai soltó una carcajada.
—Algo así, supongo. Te traeré un café y luego te contaré lo
último que he sabido sobre nuestro posible nuevo cliente.
Chie asintió con la cabeza y trató de no estremecerse por
dentro. Si Kurenai tenía algún defecto, ése era su devoción a las
revistas de cotilleos en las que escudriñaba las vidas de los
ricos y famosos. Chie sospechaba que «lo último» era una
información que probablemente habría salido de las páginas
de papel cuche.
Cinco minutos más tarde, mientras se tomaba el café y
escuchaba a Kurenai, supo que no se había equivocado.
—Nunca lo habría sabido si no hubiera tenido que llevar a
Asuma al dentista, porque la revista tenía varios meses de antigüedad, y no podía creerlo cuando la abrí y justo delante
de mí me encontré con un artículo sobre Itachi Uchiha. Con
ese nombre pensarías que es italiano, ¿verdad? Pero no lo es.
Al parecer su familia posee su propio país, y su hermano es su
gran duque. Se encuentra en algún lugar cerca de Croacia y
es muy pequeño, pero al parecer él, Itachi Uchiha quiero
decir, es fabulosamente rico por derecho propio, aparte de
ser hermano del gran duque, porque su padre tenía grandes
negocios en Oriente Medio.
—Fascinante —se vio obligada a responder Chie.
—Me encanta conocer el pasado de la gente y de su familia, ¿a
ti no? —dijo la mujer entusiasmada—. Su madre era
estadounidense, y era un alto cargo de una de las
asociaciones humanitarias más importantes del mundo. Su
padre y ella murieron en un terremoto en Sudamérica cuando
ella estaba allí trabajando.
Chie asintió con la cabeza para indicar que estaba
siguiendo la historia, pero en el fondo lo que menos le
apetecía del mundo era escuchar cotilleos. Su co-
mentario sobre la muerte de los padres de Itachi Uchiha le
había provocado la familiar sensación de pánico y un miedo
defensivo se abrió paso en su interior.
La puerta del despacho se abrió para dejar paso a uno de los
arquitectos jóvenes, Akasuna no Sasori. Fuerte y confiado, entró en el
despacho con actitud de sentirse muy complacido consigo
mismo. Sasori se consideraba atractivo para las mujeres. Se le
había insinuado a Chie cuando ella entró a trabajar en el
estudio.
Como le había rechazado, la trataba con creciente
animadversión y hostilidad. Chie supo perfectamente qué
buscaba cuando fingió que se estremecía y protestó:
— ¡Pero qué frío hace aquí! Oh, perdona —dijo fingiendo que
acababa de verla—. No te había visto, Chie.
Ella no dijo nada. Estaba acostumbrada a la malicia de Sasori y
a sus comentarios. Sabía que provenían del hecho de que
hubiera rechazado absolutamente todos los intentos de coqueteo tanto de él como del resto de los hombres del
trabajo. Sasori había decidido tomarse su actitud fría como algo
personal, y ella no tenía ninguna intención de decirle que,
lejos de ser algo personal, su reserva de hielo era un
mecanismo defensivo que utilizaba contra cualquier hombre
que mostrara el más mínimo interés sexual en ella. Si Sasori y los
que eran como él querían sentirse ofendidos porque no
recibía de buena gana sus atenciones, entonces adelante. Lo
cierto era que ella se había jurado hacía mucho tiempo que
nunca saldría con ningún hombre, porque eso la llevaría a
enamorase, enamorarse llevaba al compromiso, el
compromiso llevaba a convertirse en pareja, y de ahí a tener
hijos...
—Sasori, le estaba contando a Chie lo que he leído sobre Itachi
Uchiha —Kurenai rompió el hostil silencio—. Chie, todavía no te lo
he contado todo. Al parecer es fabulosamente rico, y tiene
fama de ser un negociador duro en lo que se refiere a los
negocios y a los intereses románticos. Se dice que es un amante
maravilloso, pero ha asegurado públicamente que no piensa
casarse jamás.
—Escucha eso, princesa de hielo —se mofó Sasori mirando a
Chie—. Parece que nuestro nuevo cliente es el hombre que
te hará entrar en calor para que te quites las bragas —soltó una
risita desagradable—. La verdad, no le tendría ninguna envidia.
Tanto hielo enfriaría las pelotas de cualquier hombre.
— ¡Sasori! —protestó Kurenai.
—Bueno, es la verdad —insistió él.
—No pasa nada, Kurenai —le aseguró Chie a la ayudante—.
Me dedico profesionalmente a la arquitectura, Sasori —afirmó con
calma—. No a la prostitución.
—Eso si logras conservar tu puesto de trabajo. Y seamos
sinceros, no vas a conseguir ninguna comisión con tus
encantos femeninos —le respetó.
—No necesito utilizar ningún encanto, ni femenino ni de otro
tipo, para conservar mi puesto —le soltó Chie sin poder
contenerse, provocando que Sasori se sonrojara furioso.
Sasori era uno de esos empleados a los que les gustaba hacerse
el trabajador en equipo delante de aquéllos a los que creía
que podría impresionar, pero en realidad era una persona que
siempre anteponía sus intereses. Le gustaba aprovecharse de
que todos eran hombres en la oficina para excluir a Chie,
pero ella no había visto nunca ninguna evidencia de que fuera
el trabajador en equipo que se jactaba de ser.
***
En el despacho de los socios, la atmósfera estaba cargada de
una mezcla de tensión y determinación. La tensión provenía
del señor Namikaze, uno de los socios más antiguos, y la
decisión de Itachi Uchiha, el hombre al que necesitaba
convencer de que su estudio estaba preparado para el reto
que se le planteaba.
—Sí, por supuesto que acepto su deseo de conocer al equipo
que trabajará en los cambios que ha solicitado. Tal vez desee
comer con los socios que están relacionados con el proyecto.
—Quiero conocer a todos los que están relacionados con el
proyecto, socios y no socios —le espetó Itachi con brusquedad.
No tenía tiempo que perder. Ya iba retrasado gracias a la
mujer que le había robado la plaza de aparcamiento y a una
llamada de su hermano. Sasuke, que tenía cinco años menos que él
y se había casado recientemente. Era el gran duque de
Arezzio porque Itachi se negó a aceptar el ducado, pero seguía buscando a Itachi cuando necesitaba
consejo financiero. Había hecho todo lo posible para ayudar
a su hermano pequeño a acrecentar las reservas de los cofres re-
ales de Arezzio, el pequeño país que una vez fue frontera
entre el antiguo imperio austríaco y Croacia, pero Sasuke no era
un hombre de negocios, sino más bien un académico. No le
gustaba la agresividad de los negocios modernos, y prefería
pasar el tiempo catalogando los libros únicos de la biblioteca
de su castillo de Arezzio.
Itachi agradecía haber negado el ducado, obligado a casarse y a tener un heredero, Tal vez no aprobara que Sasuke se casara con Karin, porque
no creía que ella amara a su hermano, pero estaría muy contento
cuando tuvieran un hijo, porque eso significaría que estaría
no ya un paso, sino dos apartado del ducado. Itachi pensaba
que era como su madre. Como ella, amaba la emoción y la
aventura de los nuevos retos. Su vida había sido su trabajo en
la agencia de cooperación humanitaria. Amaba a su padre, y
sin duda él la amaba también, pero tener un hijo no había
sido el centro de la vida de su madre.
Itachi pensaba ahora que traer un niño al mundo sería un error,
porque sabía que tendría poco tiempo para ocuparse de él.
Estaba completamente sumido en el trabajo, en su deseo de
explorar los límites de la creación de los más lujosos y
excitantes destinos vacacionales que al mismo tiempo fueran
respetuosos con el medio ambiente y con la población local.
Todo su tiempo, tanto el emocional como el físico, estaba en-
tregado a aquel propósito. No tendría un hijo para que lo
criaran otras personas, y no necesitaba ni quería un heredero.
Cuando llegara el momento, encontraría las manos adecuadas
a las que traspasar sus negocios.
Teniendo en cuenta todo aquello, financiar a su hermano, y por lo
tanto también al país, era un pequeño precio a pagar por su
libertad personal.
Una libertad personal a la que nunca había querido renunciar
a favor de compromisos de ningún tipo.
Itachi se dio cuenta de que el socio del estudio de arquitectura
a quien el dueño anterior había encargado el diseño del
complejo de la isla no aprobaba sus exigencias. Siempre le
irritaba que la gente no entendiera por qué tomaba las
decisiones que tomaba y retrasaban la ejecución de las
órdenes relacionadas con esas decisiones. Aquello
demostraba falta de perspicacia y de visión para los
negocios. Por eso seguramente el estudio estaba al borde de
la bancarrota... o lo habría estado si él no les hubiera
confirmado que pretendía seguir contando con ellos para el
desarrollo del proyecto en la isla.
En el fondo pensaba que aumentar su interés financiero en
proyectos de ese tipo y añadir un estudio de arquitectura a
su cartera de negocios sería beneficioso económicamente.
Sin embargo, por el momento pretendía dejar claro que no
iba a pagar los honorarios que habían anticipado, y que
mantendría un férreo control sobre los presupuestos del
proyecto. Era multimillonario porque tomaba el control y lo
mantenía, y por eso crecía día a día su fortuna mientras otros
hombres ricos perdían dinero.
—Quiero verlos a todos porque quiero dejarles claro que a
partir de ahora seguirán mis instrucciones y es mi aprobación
la que deben ganarse —le informó al socio—.El plan anterior era
un coladero de dinero.
—Nuestra consigna original era que no reparáramos en gastos
—protestó el señor Namikaze a la defensiva.
Itachi le lanzó una mirada fría.
—Sin duda ésa es la razón por la que uno de los miembros
jóvenes de su equipo escogió para el suelo de uno de los
cenadores abiertos baldosas hechas a mano que no resisten
las heladas.
—Un error que por supuesto se habría corregido —le aseguró el
socio.
—Por supuesto. Pero prefiero que los que trabajan para mí no
cometan esos errores en primera instancia —Itachi consultó su
reloj y el señor Namikaze se puso de pie.
—Creo que todo el personal está ya en el edificio. Convocaré a
una reunión a todos los que trabajan en el proyecto —dijo el
socio de mala gana.
—Tengo una idea mejor —aseguró Itachi—. ¿Por qué no me
enseña el estudio y me los presenta en sus puestos de
trabajo?
Normalmente era muy rentable ver cómo trabajaba la gente.
***
El rumor había corrido por el estudio. Ya se sabía que el
proyecto seguía adelante y que se contaba con ellos. Y
naturalmente, todo el mundo estaba de un humor exultante. El personal se sentía aliviado tras dos meses de incertidumbre,
cuando no sabían si terminarían despedidos. Chie estaba tan
aliviada como los demás. Había trabajado duro para llegar
hasta donde estaba, para conseguir un trabajo del que
pudiera vivir el resto de su vida. Porque ella se mantendría a
sí misma, eso lo sabía. Nunca tendría un hombre, un
compañero, un marido que la amara y a quien ella pudiera
amar también, con el que compartir el futuro. ¿Cómo iba a
tenerlo sí...?
Se abrió la puerta del despacho y todo el mundo guardó
silencio cuando el señor Namikaze, uno de los socios más
antiguos, entró sin previo aviso. Pero no fue él quien hizo
palidecer a Chie, sino el hombre que le acompañaba.
Era el hombre del aparcamiento. El hombre a quien le había
robado la plaza... el hombre que ahora era su cliente más
importante, según supo cuando el socio se lo presentó.
—El señor Uchiha desea conocer a todos aquellos que han
trabajado o van a trabajar en los planos del proyecto de la isla
—anunció el socio.
—Itachi —le corrigió el nuevo cliente—. No señor Uchiha.
En su opinión, el respeto era algo que había que ganarse, y no
tenía ninguna duda de su habilidad para conseguirlo.
Mientras hablaba observó a las personas que había en el
despacho con mirada fría y crítica, sin expresar nada... hasta
que vio a Chie y la reconoció. En ella mantuvo la mirada
unos instantes más para que fuera consciente de que la había
reconocido y se viera obligada a reconocer el error que
había cometido al robarle la plaza del aparcamiento.
Chie sintió la ira de su mirada abrasándole la conciencia,
pero tantos años obligándose a no aparentar vulnerabilidad la
llevaron a alzar la cabeza y mantenerle la mirada.
¿Se estaba atreviendo a retarle? Itachi era un hombre al que
nadie desafiaba, y menos alguien que no tenía razón, y
menos aún que dependiera económicamente de él, como era
el caso de aquella mujer. Estaba acostumbrado a que las mujeres trataran de llamar su atención porque le deseaban, a
él y a su riqueza, y no para retarle.
Ya le había enfurecido dos veces, lo que significaba que
ahora tenía dos deudas que saldar con él, y se encargaría de
que así fuera, decidió Itachi mientras el socio se disponía a
presentarle a su grupo de jóvenes arquitectos.
¿Por qué, por qué de todos los hombres que aparcaban sus
coches en Londres había tenido que robarle el sitio a aquel en
concreto?, se preguntó Chie angustiada. No tenía sentido
repetirse a sí misma que aquel comportamiento no era propio
de ella y que había surgido de la desesperación. Aquello no
significaría nada para el hombre que avanzaba lentamente
en su dirección.
Itachi habló uno por uno con todos los arquitectos jóvenes,
preguntándoles en qué parte del proyecto habían participado.
Sasori, por supuesto, se apresuró a demostrar que él era un
trabajador en equipo y al mismo tiempo se las arregló para
lanzarle a Chie una mirada que indicaba que ella no
formaba parte de ese equipo. Lo que Sasori no sabía era que no
necesitaba tratar de sembrar la duda sobre ella. Ya se había
encargado ella misma.
Con el estómago tenso por la angustia, esperó y esperó,
consciente de que iba a pagar por lo que había hecho, y
consciente también de que el cliente estaba disfrutando con su
tormento.
Cuando estuvo delante de ella, el poderoso magnetismo de
su personalidad la llevó a dar un paso atrás.
-¿Y usted, señorita...?
-Chie —respondió ella—. Chie Taruma.
—¿Cuál fue su contribución al proyecto?
—¿No era la refrigeración? —alguien se rió, pero Chie lo
ignoró.
—Trabajé en el aire acondicionado con la idea de incorporar
un sistema ecológico —contestó con tirantez.
-Un sistema que creo que ya se ha salido del presupuesto,
¿verdad? —señaló Itachi mientras deslizaba lentamente la
mirada sobre ella.
Se había dado cuenta de cómo la había mirado Sasori y había
adivinado que era tan impopular entre sus compañeros como
lo era para él. Eso significaba que no era una buena
trabajadora en equipo, y eso afectaría el trabajo de cualquier
proyecto en el que participara. Le sorprendía que el estudio
siguiera manteniéndola en su puesto.
A Chie le latió el corazón con miedo. Le habían puesto a
trabajar en el aire acondicionado porque se había salido del
presupuesto y ella era buena para ajustarse al dinero que
había, pero no podía decirlo si ni siquiera el señor Namikaze
había salido en su defensa.
Sabía que Itachi Uchiha estaba jugando con ella. Iba a pedir
que la sacaran del proyecto, estaba segura, y
probablemente sería despedida. Un sudor frío le perló la piel
y sintió una náusea en el estómago. No podía perder su
trabajo. No debía. Y por debajo del miedo se adivinaba un
furioso desprecio por aquel hombre que estaba utilizando su
poder para atormentarla.
—No me gusta el diseño del aparcamiento del edificio —
continuó Itachi volviéndose de nuevo hacia el socio y
rompiendo el tenso silencio de la sala—. Tal vez Chie
debería trabajar en ello, mientras alguien más experimentado
se ocupa del aire acondicionado.
Chie sintió cómo le ardía la cara. Había insultado su
capacidad profesional y al mismo tiempo se había apuntado
un tanto por su encontronazo matinal. La había humillado en
público, admitió derrotada. El socio se apresuró a asegurarle
que sí, que eso sería exactamente lo que haría.
Cuando Itachi Uchiha salió del despacho con el señor
Namikaze, Chie alzó la barbilla. No iba a permitir que nadie,
y menos que nadie él, supiera lo herida y asustada que
estaba.
Todavía se atrevía a retarle, pensó Itachi furioso cuando la vio
levantar la barbilla. Bien, pronto sabría que aquél era un error
peligroso. Peligroso para ella.