Rendida al Duque

Mi primer adaptación de la editorial Harlequin Ibérica

La mayoria de los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto (creador de Naruto), Chie Taruma es de mi propiedad

Autor: Penny Jordan

Protagonistas: Chie Taruma e Itachi Uchiha

Todos los derechos reservados

Él duque la desea, pero… ¿ella se rendirá a él? Itachi Uchiha siempre exige lo mejor. Por eso ha contratado a Chie Taruma para que trabaje para él. Chie posee una actitud glacial y una belleza fría. Pero para Itachi resulta obvio que, bajo esa fachada polar, se esconde una pasión salvaje. Debido al trauma que sufrió en su primera infancia, Chie construyó unos muros de acero alrededor de su corazón. Ahora está trabajando con el único hombre que puede poner en peligro sus defensas. Su mutua atracción sexual está en su punto de ebullición. El único resultado posible: una rendición total y absoluta que cambiará su vida.

sábado, 12 de mayo de 2012

Capítulo 1

CUANDO entró en el aparcamiento subterráneo que el estudio
de  arquitectura  en  el  que  trabajaba  compartía  con  otros
negocios  del  mismo  bloque,  Chie  vio  un  coche  dando
marcha  atrás  para  salir  de  uno  de  los  preciados  espacios.
Giró  rápidamente  el  volante  de  su  pequeño  coche  de
empresa  con  el  cerebro  y  el  cuerpo  concentrados
automáticamente  en  conseguir  aquel  lugar  vacío  antes  de
que alguien más lo viera. Cuando enfiló hacia el espacio fue
cuando  se  dio  cuenta  de  que  un  carísimo,  impresionante  e
impecable  coche  deportivo,  con  un  hombre  igual  de
impresionante e impecable al volante, estaba parado justo al
lado  del  lugar.  Sin  duda  estaba  esperando  a  que  su
ocupante lo dejara vacío.
Chie vio  la  salvaje y  fría mirada que  le dirigió el hombre, y
leyó cómo formaba las palabras «¿qué diablos?» con aquella
boca  sensualmente cincelada cuando pasó por delante de
él con el cuerpo  tembloroso y  las manos húmedas de  sudor
agarradas al volante.
No  estaba  haciendo  aquello  sólo  porque  su  arrogancia  la
hubiera  enfurecido.  Aquella  mañana  había  recibido  una
llamada  inesperada  pidiéndole  que  fuera  antes  a  la  oficina
para  estar  presente  en  la  reunión  de  socios.  No  podía
permitirse  llegar  tarde;  la  necesidad  pasó  por  encima  de  la
culpabilidad que normalmente habría  sentido por  su  falta de
educación  al  volante.  Entonces  él  dirigió  aquella  mirada
segura de sí misma, arrogante y odiosa a su cuerpo, dejando
claro la clase de hombre que era: un depredador centrado ex-
clusivamente en sus propios deseos y necesidades.
Chie  se  dijo  que  ella  necesitaba mucho más  la  plaza  de
aparcamiento  que  él.  Hacía  quince minutos  que  tenía  que estar  en  la  oficina.  Por  otro  lado,  él  parecía  ser  la  clase  de
hombre  que  normalmente  utilizaba  un  chófer  para  que  se
ocupara de asuntos tan mundanos como aparcar el coche.
Dentro del suyo, Chie se cambió los zapatos de conducir por
los  tacones.  El  sonido  de  un motor  acelerando  furiosamente
hizo  que  suspirara  aliviada.  Sin  duda  el  hombre  se  había
marchado, eso sí, a toda velocidad.
Itachi Uchiha había movido, unos metros el coche para dejar
pasar a otros vehículos, y se quedó mirando con asombrada
ira  a  la  ladrona  que  acababa  de  quitarle  el  sitio  en  el
aparcamiento.
El  hecho  de  que  la  fechoría  hubiera  sido  cometida  por  una
mujer  añadía  un  insulto  a  la  afrenta.  Por  las  venas  de  Itachi
corría  la  sangre  de  varias  generaciones  de  hombres
poderosos,  hombres  autoritarios,  dirigentes  absolutistas.  Y  en
aquel momento  esa  sangre  estaba  corriendo a  toda prisa  y
hervía. Itachi no se habría descrito  jamás como un misógino ni
mucho menos. Le gustaban las mujeres. Le gustaban mucho.
Pero generalmente, donde más  le gustaban era en su cama,
no  en  una  plaza  de  aparcamiento  por  la  que  había  estado
esperando  con  una paciencia que  iba  contra  su  naturaleza.
No había más plazas disponibles, así que aparcó rápidamente
a un lado, obstruyendo la salida de dos vehículos, y apagó el
motor  del  coche.  Abrió  la  puerta  y  sacó  su  cuerpo  de  uno
noventa del asiento del conductor.
Chie no fue consciente de que iban a regañarle por lo que
había hecho hasta que  salió del coche. El pequeño  trayecto
que había desde al aparcamiento hasta el ascensor que  la
llevaba  a  la  oficina  era  el  tiempo  que  normalmente
necesitaba  para  colocarse  firmemente  la  máscara  de  la
profesionalidad. Esa máscara ocultaba que no  le gustaba el
interés masculino que normalmente despertaba en el trabajo.
Por  eso  ella  también  adoptaba  una  actitud  defensiva:  la
espalda recta, la mirada firme y un alzamiento de barbilla que
indicaba que era intocable. Todo para estar alerta del peligro,
pero ya era demasiado tarde y se vio obligada a dar un paso atrás a mitad de camino si no quería arriesgarse a toparse de
bruces con el hombre que se interponía entre ella y la salida.
-No tan deprisa. Quiero hablar un momento con usted.
Tenía un inglés excelente, algo que en cierto modo no casaba
con su aspecto tan moreno.
Bien,  pues  ella  no  pensaba  hablar  con  él,  desde  luego.
Chie  trató  de  sortearle  y  contuvo  el  aliento  en  ultrajado
asombro cuando el hombre le bloqueó el paso, acercándose
a ella hasta que sintió su aroma profundamente masculino. Era
oscuro y erótico, aderezado con algo más afilado, como el
roce  de  un  guante  de  algodón  que  escondiera  un  peligro
oculto.
-Me está cortando el paso —le dijo Chie tratando de  sonar
distante y fría.
—Y usted ha ocupado mi plaza de aparcamiento —respondió
el hombre.
Tal vez aquello fuera verdad, pero no estaba dispuesta a ceder.
-Yo  la  vi  primero.  Me  pertenece  —replicó  ella.  Al  instante
deseó no haberlo hecho, porque el hombre se acercó más.
Su presencia la paralizó por completo.
—Las cosas pertenecen a aquéllos que son lo suficientemente
fuertes como para  tomar  lo que desean y mantenerlo, ya se
trate de una plaza de aparcamiento... o de una mujer.
Y sin duda él sería un hombre que poseería a su mujer.
Aquella certeza  se  había colado de alguna manera  bajo  su
armadura  de  protección,  y  Chie  comenzó  a  sentirse
mareada,  débil,  poseída  por  la  febril  excitación  que  había
provocado su enfrentamiento verbal. Experimentó el peligroso
deseo  de  seguir  presionándole,  de  poner  a  prueba  su
autocontrol.
Un escalofrío  la atravesó. Aquello era una  locura. Porque era
un hombre. Y qué hombre, se vio obligada a reconocer. Para
empezar estaba  su altura, mediría más de uno ochenta, así
que  a  pesar  de  los  tacones  se  vio  obligada  a  inclinar  la
cabeza  hacia  atrás  para  mirarlo.  A  pesar  de  que  durante
años  había  trabajado  para  no  permitirse  jamás  sentirse físicamente atraída por ningún hombre, aquél estaba rodeado
de  tal  poderosa  y  salvaje  aura  de  sexualidad,  que  Chie
sospechaba  que  ninguna mujer  podría  sustraerse  a  ella.  Su
propia e  inesperada vulnerabilidad desató una  reacción en
cadena de pánico y furia en su interior que se intensificaron al
ver  que  ni  así  lograba  bloquear  el  efecto  que  su  virilidad
estaba ejerciendo sobre ella.
Unos  pensamientos  desconocidos  y  desde  luego  no
deseados  atravesaron  su  mente  con  tanto  vigor  que  fue
incapaz de atajarlos. Pensamientos peligrosos unidos al hecho
de que él fuera un hombre. Y no un hombre cualquiera, sino
el  equivalente  arquitectónico  a  la  perfección.  Chie
sospechó  que mirarle  podría  convertirse  en  una  compulsión
femenina. La camisa de aspecto caro que llevaba habría sido
sin duda confeccionada a medida para él. No le sobraba ni un
gra-
mo de grasa.  Parecía como  si  su  cuerpo  fuera  todo de  duro
músculo  y  piel  de  seda.  ¿Qué  se  sentiría  al  tocar  a  un
hombre  así?  ¿Qué  se  sentiría  al  disfrutar  de  un  festín  de
semejante  sensualidad  masculina  desplegada  para
satisfacción  de  sus  sentidos?  Una  ráfaga  de  dardos  le
atravesó el cuerpo,  infectándolo  letalmente con  la punzada
del deseo.
Chie  se  llevó una mano al corazón en gesto protector para
tratar de calmar su acelerado latido. No debía sentirse así. Ni
ahora ni nunca. Ni con aquel hombre ni con ninguno. Trató de
apartar la vista de él, de romper el hechizo que su sexualidad
estaba proyectando sobre ella, pero su mirada se deslizó por
su rostro y se quedó allí clavada.
Sus genes no procedían de ningún ancestro anglosajón, estaba
segura  de  ello.  Tenía  unas  facciones  arrogantes,  con  una
pizca  de  crueldad  grabada  en  ellas.  Su  rostro  de  piel
aceitunada  era  intensamente  masculino,  inteligente,
educado, arrogante  y elegante.  En él, destacaban  los altos
pómulos, la fuerte barbilla y la romana rectitud de la nariz. Si
no  hubiera  sido  por  los  inesperados  ojos  negros,  Chie habría asegurado que el  linaje de aquel hombre procedía de
las  oscuras  neblinas  del  tiempo,  de  una  raza  de  hombres
destinados por nacimiento y por su propia  fuerza a apartar a
un lado a todo lo que se opusiera a su voluntad.
Una mirada de aquellos ojos negros era como el disparo de
una pistola de rayo láser contra su escudo de hielo. Aquél era
un hombre con mayúsculas, masculino y poderoso, un hombre
que  creía  que  su  voluntad,  sus  deseos  y  sus  necesidades
debían ser libres para tomar posesión de todo lo que quisiera.
El  impacto  de  enfrentarse  a  él  estaba  provocando  un  efecto
peligroso en Chie.  Sus  sentidos  se  las  habían  arreglado de
alguna manera para romper el cinturón de castidad mental que
normalmente los tenía controlados, y se estaban comportando
como  un  grupo  de  adolescentes  cargados  de  hormonas,
demasiado  dispuestos  a  saciarse  en  el  banquete  que  tenían
delante.
Pero,  por  supuesto,  ella  no  tenía  ninguna  intención  de
permitirles  hacer  algo  semejante.  Y  contaba  con  años  de
práctica  para  asegurarse  de  que  le  obedecían,  se  recordó
mientras luchaba por retener su aire de frío desinterés.
No le gustaba aquel hombre, decidió. No le gustaba ni lo más
mínimo.  Era  demasiado  arrogante.  Y  demasiado  masculino.
¿Sería  eso  por  lo  que  no  le  gustaba?  ¿Porque  sabía
instintivamente que aquel  tipo de  sexualidad masculina  era
demasiado peligroso para ella y que no estaba tan protegida
como sabía que debía estar?
Por supuesto que no, afirmó con decisión para sus adentros.
Itachi observó a la mujer que tenía delante con experimentada
mirada  masculina.  De  tamaño  medio,  esbelta.  Aunque  la
combinación de la sobriedad de su traje de chaqueta negro,
que parecía un uniforme, con la sencilla camisa blanca, y el
hecho de que su  ropa  fuera barata y no se  le ajustara al ser
demasiado  grande  para  ella  hacían  imposible  juzgar
adecuadamente cómo  sería  la  forma de  su cuerpo.  Tenía el
negro cabello  recogido con un moño  tirante que  revelaba  la
delicada  estructura  ósea  de  su  rostro,  con  sus  pómulos femeninamente  pronunciados  y  la  piel  luminosa.  Las  oscuras
pestañas, que brillaban bajo la luz, sugerían que no se había
pintado la raya ni se había puesto rímel.
Algunos  hombres  sin  duda  encontrarían  en  su  frialdad  a  lo
Grace  Kelly  un  reto  sexual,  y  sentirían  curiosidad  por  saber
cuánto  interés  masculino  tendrían  que  aplicar  para  romper
aquel  hielo, pero  él  no era  uno de  ellos.  Le gustaba que  sus
mujeres  fueran  sutilmente  seductoras  y  dispuestas,  que  no
jugaran a ser doncellas de hielo.
En  cualquier  caso,  aunque  hubiera  sido  su  tipo,  en  aquel
momento tenía la atención centrada en la retribución, no en la
seducción.
—Déjeme pasar —exigió Chie con  rotundidad en un  intento
de recordar cuál era la realidad de la situación.
Su  cortante  exigencia  alimentó  la  impaciencia  de  Itachi.  Le
había  robado  la  plaza  de  aparcamiento  y  seguía  peleona,
obstinada y negándose a admitir que no  tenía  razón. Toda su
actitud le llevaba a desear ponerla en su sitio.
Él  no  iba  a  moverse,  y  ella  iba  a  llegar  tarde.  Decidida  a
escapar,  Chie  se  echó  rápidamente  a  un  lado,  pero
entonces el hombre le agarró los antebrazos con hostilidad. Ella
sintió  su  presión  sobre  la  piel,  masculina  y  extraña,
quemándole  la  ropa  y  atravesándola  como  si  le  estuviera
tocando la piel desnuda. Una sensación de asombro y pánico
se  apoderó  de  su  cuerpo,  y  apretó  los  puños  sintiendo  el
deseo de golpearle con ellos el pecho.
—Suélteme —le exigió furiosa.
¿Soltarla?  No  había  nada  que  deseara  más.  Ya  le  había
causado más  problemas  en  cinco minutos  de  los  que  había
permitido que le causara ninguna mujer. La miró directamente.
Tenía el rostro pálido, los ojos brillantes de furia, y la boca...
Sujetándola con una mano,  le  soltó el brazo con  la otra  y  la
alzó para  retirarle el  lápiz de  labios de  la boca con el dedo
pulgar, como si estuviera preparándose para besarla.
Chie se quedó petrificada, sorprendida ante la intimidad de
aquel  gesto,  y  el momento  se  alargó mientras  sus miradas quedaban  entrelazadas.  Incapaz  de  moverse,  a  Chie  le
asombró  el  escalofrío  que  la  recorrió  cuando  la mirada  del
hombre se clavó en su boca, y sintió el deseo de... ¿De qué?
¿De apoyarse contra él?
El repentino ruido de un claxon provocó que Itachi la soltara y la
apartara  de  sí.  ¿Qué  se  había  apoderado  de  él?  ¿Y  qué
hubiera  sucedido  si  no  les  hubieran molestado?,  se  preguntó
mientras Chie aprovechaba la interrupción para huir de él.
Para su alivio, el hombre no la siguió hasta el ascensor, que por
suerte estaba vacío. Una vez en él, camino de la oficina, con el
corazón  latiéndole a  toda  prisa  y  la mente convertida en  un
torbellino,  tuvo  que  hacer  un  esfuerzo  para  no  pensar  en  lo
que acababa de suceder y centrarse en el motivo por el que
todos habían sido convocados en la oficina.
Durante los dos últimos años, prácticamente desde que Chie
se había unido al prestigioso estudio de arquitectos, el estudio
había  estado  trabajando  en  un  ambicioso  y  caro  proyecto
para  un  multimillonario  ruso  que  consistía  en  convertir  la
pequeña isla que había adquirido en  la costa de Croacia en
un  complejo  de  vacaciones  de  lujo  para  ricos.  La  crisis
económica había dejado el proyecto en espera, pero a última
hora del día de ayer habían recibido la noticia de que la isla
tenía  un  nuevo  propietario,  otro  multimillonario,  un
emprendedor de éxito que había visto  los planos de  la  isla y
quería hablar de ellos.
Aquella noticia había puesto en marcha a los socios. Todo el
mundo  que  estuviera  relacionado  con  los  planes,  aunque
fuera  a  un  nivel  menor,  había  recibido  la  orden  de  estar
presente en la reunión de primera hora de la mañana por si el
nuevo dueño de la isla deseaba hablar de cualquier aspecto
de los planos. Lo ideal sería que diera luz verde al estancado
proyecto,  pero  por  supuesto,  no  existía  ninguna  garantía  al
respecto.  Los  arquitectos  más  jóvenes,  como  Chie,
mantenían los dedos cruzados para que así fuera.
El ascensor se detuvo en su planta. Chie salió y se dirigió al
despacho que compartía con otros arquitectos jóvenes, todos ellos hombres excepto ella, y todos decididos cada cual a su
modo en demostrar  tanto a  los  socios como a ella que eran
mejor inversión para el estudio de lo que Chie sería nunca.
—No pasa nada —le dijo Kurenai Yuuhi,  la  secretaria que  todos
compartían, cuando Chie entró en el despacho—. La reunión
se ha  retrasado una hora. Al parecer, el nuevo propietario  se
iba a retrasar.
Chie dejó escapar un suspiro de alivio y le dijo:
—Creí  que  iba  a  llegar  tarde.  Tuve  que  venir  en  mi  coche
porque esta tarde tengo una reunión en una obra y el tráfico
estaba fatal.
Kurenai  tenía  treinta  y  cuatro  años  frente  a  los  veintiséis  de
Chie,  y  estaba  casada  con  un  topógrafo  que  estaba
trabajando  en  un  proyecto  en  los  Emiratos  Arabes  Unidos.
Trataba  a  los  arquitectos  jóvenes  casi  como  a  su único hijo,
con  cariño  maternal  y  afecto,  y  hacía  todo  lo  posible  por
evitar cualquier pelea entre ellos. A Chie le caía muy bien,
y agradecía mucho el apoyo que Kurenai le daba.
—¿Dónde  están  los  demás? —le  preguntó  a  Kurenai  antes  de
soltar un gruñido—. No, no me lo digas... déjame adivinar. Están
todos  en  el  baño  de  hombres  pensando  en  cómo  evitar
cualquier culpa que pueda caer y cómo  reclamar  todos  los
méritos.
Kurenai soltó una carcajada.
—Algo  así,  supongo.  Te  traeré  un  café  y  luego  te  contaré  lo
último que he sabido sobre nuestro posible nuevo cliente.
Chie asintió con  la cabeza y  trató de no estremecerse por
dentro. Si Kurenai tenía algún defecto, ése era su devoción a las
revistas de  cotilleos  en  las que  escudriñaba  las  vidas de  los
ricos  y  famosos. Chie  sospechaba que  «lo  último»  era  una
información que probablemente habría  salido de  las páginas
de papel cuche.
Cinco  minutos  más  tarde,  mientras  se  tomaba  el  café  y
escuchaba a Kurenai, supo que no se había equivocado.
—Nunca  lo  habría  sabido  si  no  hubiera  tenido  que  llevar  a
Asuma  al  dentista,  porque  la  revista  tenía  varios  meses  de antigüedad, y no podía creerlo cuando la abrí y justo delante
de mí me  encontré  con  un  artículo  sobre  Itachi  Uchiha. Con
ese nombre pensarías que es italiano, ¿verdad? Pero no lo es.
Al parecer  su  familia posee  su propio país,  y  su hermano es  su
gran duque. Se encuentra en algún lugar cerca de Croacia y
es  muy  pequeño,  pero  al  parecer  él,  Itachi  Uchiha  quiero
decir,  es  fabulosamente  rico  por  derecho  propio,  aparte  de
ser  hermano  del  gran  duque,  porque  su  padre  tenía  grandes
negocios en Oriente Medio.
—Fascinante —se vio obligada a responder Chie.
—Me encanta conocer el pasado de la gente y de su familia, ¿a
ti  no?  —dijo  la  mujer  entusiasmada—.  Su  madre  era
estadounidense,  y  era  un  alto  cargo  de  una  de  las
asociaciones  humanitarias  más  importantes  del  mundo.  Su
padre y ella murieron en un terremoto en Sudamérica cuando
ella estaba allí trabajando.
Chie  asintió  con  la  cabeza  para  indicar  que  estaba
siguiendo  la  historia,  pero  en  el  fondo  lo  que  menos  le
apetecía del mundo era escuchar cotilleos. Su co-
mentario  sobre  la  muerte  de  los  padres  de  Itachi  Uchiha  le
había provocado la familiar sensación de pánico y un miedo
defensivo se abrió paso en su interior.
La puerta del despacho se abrió para dejar paso a uno de los
arquitectos  jóvenes, Akasuna no Sasori.  Fuerte y confiado, entró en el
despacho  con  actitud  de  sentirse  muy  complacido  consigo
mismo.  Sasori  se  consideraba  atractivo  para  las mujeres.  Se  le
había  insinuado a Chie cuando ella entró a  trabajar en el
estudio.
Como  le  había  rechazado,  la  trataba  con  creciente
animadversión  y  hostilidad. Chie  supo  perfectamente qué
buscaba cuando fingió que se estremecía y protestó:
— ¡Pero  qué  frío  hace  aquí! Oh,  perdona —dijo  fingiendo  que
acababa de verla—. No te había visto, Chie.
Ella no dijo nada. Estaba acostumbrada a la malicia de Sasori y
a  sus  comentarios.  Sabía  que  provenían  del  hecho  de  que
hubiera  rechazado  absolutamente  todos  los  intentos  de coqueteo  tanto  de  él  como  del  resto  de  los  hombres  del
trabajo. Sasori había decidido  tomarse su actitud  fría como algo
personal,  y  ella  no  tenía  ninguna  intención  de  decirle  que,
lejos  de  ser  algo  personal,  su  reserva  de  hielo  era  un
mecanismo  defensivo  que  utilizaba  contra  cualquier  hombre
que mostrara el más mínimo interés sexual en ella. Si Sasori y los
que  eran  como  él  querían  sentirse  ofendidos  porque  no
recibía de buena gana sus atenciones, entonces adelante. Lo
cierto era que ella se había  jurado hacía mucho  tiempo que
nunca  saldría  con  ningún  hombre,  porque  eso  la  llevaría  a
enamorase,  enamorarse  llevaba  al  compromiso,  el
compromiso llevaba a convertirse en pareja, y de ahí a  tener
hijos...
—Sasori,  le  estaba  contando  a Chie  lo  que  he  leído  sobre  Itachi
Uchiha —Kurenai rompió el hostil silencio—. Chie, todavía no te lo
he  contado  todo.  Al  parecer  es  fabulosamente  rico,  y  tiene
fama  de  ser  un  negociador  duro  en  lo  que  se  refiere  a  los
negocios y a los intereses románticos. Se dice que es un amante
maravilloso,  pero  ha  asegurado  públicamente  que  no  piensa
casarse jamás.
—Escucha  eso,  princesa  de  hielo  —se  mofó  Sasori  mirando  a
Chie—. Parece que nuestro nuevo cliente es el hombre que
te hará entrar en calor para que te quites las bragas —soltó una
risita desagradable—. La verdad, no le tendría ninguna envidia.
Tanto hielo enfriaría las pelotas de cualquier hombre.
— ¡Sasori! —protestó Kurenai.
—Bueno, es la verdad —insistió él.
—No pasa nada, Kurenai —le aseguró Chie a  la ayudante—.
Me dedico profesionalmente a  la arquitectura, Sasori —afirmó con
calma—. No a la prostitución.
—Eso  si  logras  conservar  tu  puesto  de  trabajo.  Y  seamos
sinceros,  no  vas  a  conseguir  ninguna  comisión  con  tus
encantos femeninos —le respetó.
—No  necesito  utilizar  ningún  encanto,  ni  femenino  ni  de  otro
tipo,  para  conservar  mi  puesto  —le  soltó  Chie  sin  poder
contenerse, provocando que Sasori se sonrojara furioso.
Sasori era uno de esos empleados a los que les gustaba hacerse
el  trabajador en equipo delante de aquéllos a  los que creía
que podría impresionar, pero en realidad era una persona que
siempre anteponía  sus  intereses.  Le gustaba aprovecharse de
que  todos eran  hombres en  la oficina para excluir a Chie,
pero ella no había visto nunca ninguna evidencia de que fuera
el trabajador en equipo que se jactaba de ser.
***
En el despacho de los socios, la atmósfera estaba cargada de
una mezcla de  tensión  y determinación.  La  tensión provenía
del  señor  Namikaze,  uno  de  los  socios  más  antiguos,  y  la
decisión  de  Itachi  Uchiha,  el  hombre  al  que  necesitaba
convencer de que  su estudio  estaba  preparado  para  el  reto
que se le planteaba.
—Sí, por supuesto que acepto su deseo de conocer al equipo
que trabajará en los cambios que ha solicitado. Tal vez desee
comer con los socios que están relacionados con el proyecto.
—Quiero conocer a  todos  los que están  relacionados con el
proyecto, socios y no socios —le espetó Itachi con brusquedad.
No  tenía  tiempo  que  perder.  Ya  iba  retrasado  gracias  a  la
mujer que  le había robado la plaza de aparcamiento y a una
llamada de su hermano. Sasuke, que tenía cinco años menos que él
y  se  había  casado  recientemente.  Era  el  gran  duque  de
Arezzio  porque Itachi se negó a aceptar el ducado,  pero  seguía  buscando  a  Itachi  cuando  necesitaba
consejo  financiero. Había hecho  todo  lo posible para ayudar
a su hermano pequeño a acrecentar las reservas de los cofres re-
ales  de Arezzio,  el  pequeño  país  que  una  vez  fue  frontera
entre el antiguo imperio austríaco y Croacia, pero Sasuke no era
un hombre de negocios, sino más bien un académico. No le
gustaba  la agresividad de  los negocios modernos, y prefería
pasar el tiempo catalogando  los  libros únicos de  la biblioteca
de su castillo de Arezzio.
Itachi agradecía haber negado el ducado, obligado a casarse y a  tener un heredero, Tal vez no aprobara que Sasuke se casara con Karin, porque
no creía que ella amara a su hermano, pero estaría muy contento
cuando  tuvieran un hijo, porque eso  significaría que estaría
no ya un paso, sino dos apartado del ducado. Itachi pensaba
que era como  su madre. Como ella, amaba  la emoción y  la
aventura de los nuevos retos. Su vida había sido su trabajo en
la agencia de cooperación humanitaria. Amaba a su padre, y
sin  duda  él  la  amaba  también,  pero  tener  un  hijo  no  había
sido el centro de la vida de su madre.
Itachi pensaba ahora que traer un niño al mundo sería un error,
porque sabía que  tendría poco  tiempo para ocuparse de él.
Estaba completamente sumido en el  trabajo, en su deseo de
explorar  los  límites  de  la  creación  de  los  más  lujosos  y
excitantes destinos vacacionales que al mismo  tiempo  fueran
respetuosos con el medio ambiente y con  la población  local.
Todo su tiempo, tanto el emocional como el físico, estaba en-
tregado  a  aquel  propósito.  No  tendría  un  hijo  para  que  lo
criaran otras personas, y no necesitaba ni quería un heredero.
Cuando llegara el momento, encontraría las manos adecuadas
a las que traspasar sus negocios.
Teniendo en cuenta todo aquello, financiar a su hermano, y por lo
tanto  también al país, era un pequeño precio a pagar por  su
libertad personal.
Una libertad personal a la que nunca había querido renunciar
a favor de compromisos de ningún tipo.
Itachi se dio cuenta de que el socio del estudio de arquitectura
a  quien  el  dueño  anterior  había  encargado  el  diseño  del
complejo  de  la  isla  no  aprobaba  sus  exigencias.  Siempre  le
irritaba  que  la  gente  no  entendiera  por  qué  tomaba  las
decisiones  que  tomaba  y  retrasaban  la  ejecución  de  las
órdenes  relacionadas  con  esas  decisiones.  Aquello
demostraba  falta  de  perspicacia  y  de  visión  para  los
negocios. Por eso seguramente el estudio estaba al borde de
la  bancarrota...  o  lo  habría  estado  si  él  no  les  hubiera
confirmado que pretendía  seguir contando con ellos para el
desarrollo del proyecto en la isla.
En  el  fondo  pensaba  que  aumentar  su  interés  financiero  en
proyectos de ese  tipo y añadir un estudio de arquitectura a
su  cartera de  negocios  sería  beneficioso económicamente.
Sin embargo, por el momento pretendía dejar claro que no
iba  a  pagar  los  honorarios  que  habían  anticipado,  y  que
mantendría  un  férreo  control  sobre  los  presupuestos  del
proyecto. Era multimillonario porque  tomaba el  control y  lo
mantenía, y por eso crecía día a día su fortuna mientras otros
hombres ricos perdían dinero.
—Quiero  verlos  a  todos  porque  quiero  dejarles  claro  que  a
partir de ahora seguirán mis instrucciones y es mi aprobación
la que deben ganarse —le informó al socio—.El plan anterior era
un coladero de dinero.
—Nuestra consigna original era que no reparáramos en gastos
—protestó el señor Namikaze a la defensiva.
Itachi le lanzó una mirada fría.
—Sin  duda  ésa  es  la  razón  por  la  que  uno  de  los miembros
jóvenes  de  su  equipo  escogió  para  el  suelo  de  uno  de  los
cenadores abiertos baldosas hechas a mano que no  resisten
las heladas.
—Un error que por  supuesto  se habría corregido —le aseguró el
socio.
—Por  supuesto. Pero prefiero que  los que  trabajan para mí no
cometan esos errores en primera  instancia —Itachi consultó  su
reloj y el señor Namikaze se puso de pie.
—Creo que todo el personal está ya en el edificio. Convocaré a
una  reunión a  todos  los que  trabajan en el proyecto —dijo el
socio de mala gana.
—Tengo  una  idea  mejor  —aseguró  Itachi—.  ¿Por  qué  no  me
enseña  el  estudio  y  me  los  presenta  en  sus  puestos  de
trabajo?
Normalmente era muy rentable ver cómo trabajaba la gente.
***
El  rumor  había  corrido  por  el  estudio.  Ya  se  sabía  que  el
proyecto  seguía  adelante  y  que  se  contaba  con  ellos.  Y
naturalmente, todo el mundo estaba de un humor exultante. El personal  se  sentía  aliviado  tras  dos meses  de  incertidumbre,
cuando no sabían si terminarían despedidos. Chie estaba tan
aliviada  como  los  demás.  Había  trabajado  duro  para  llegar
hasta  donde  estaba,  para  conseguir  un  trabajo  del  que
pudiera vivir el resto de su vida. Porque ella se mantendría a
sí  misma,  eso  lo  sabía.  Nunca  tendría  un  hombre,  un
compañero,  un marido  que  la  amara  y  a  quien  ella  pudiera
amar  también, con el que compartir el  futuro.  ¿Cómo  iba a
tenerlo sí...?
Se  abrió  la  puerta  del  despacho  y  todo  el  mundo  guardó
silencio  cuando  el  señor  Namikaze,  uno  de  los  socios  más
antiguos,  entró  sin  previo  aviso.  Pero  no  fue  él  quien  hizo
palidecer a Chie, sino el hombre que le acompañaba.
Era el hombre del aparcamiento. El hombre a quien le había
robado  la  plaza...  el  hombre  que  ahora  era  su  cliente más
importante, según supo cuando el socio se lo presentó.
—El  señor  Uchiha  desea  conocer  a  todos  aquellos  que  han
trabajado o van a trabajar en los planos del proyecto de la isla
—anunció el socio.
—Itachi —le corrigió el nuevo cliente—. No señor Uchiha.
En su opinión, el respeto era algo que había que ganarse, y no
tenía ninguna duda de su habilidad para conseguirlo.
Mientras  hablaba  observó  a  las  personas  que  había  en  el
despacho con mirada  fría y crítica, sin expresar nada... hasta
que  vio  a Chie  y  la  reconoció.  En  ella mantuvo  la mirada
unos instantes más para que fuera consciente de que la había
reconocido  y  se  viera  obligada  a  reconocer  el  error  que
había cometido al robarle la plaza del aparcamiento.
Chie  sintió  la  ira de  su mirada abrasándole  la conciencia,
pero tantos años obligándose a no aparentar vulnerabilidad la
llevaron a alzar la cabeza y mantenerle la mirada.
¿Se estaba atreviendo a  retarle? Itachi era un hombre al que
nadie  desafiaba,  y  menos  alguien  que  no  tenía  razón,  y
menos aún que dependiera económicamente de él, como era
el  caso  de  aquella mujer.  Estaba  acostumbrado  a  que  las mujeres trataran de llamar su atención porque le deseaban, a
él y a su riqueza, y no para retarle.
Ya  le  había  enfurecido  dos  veces,  lo  que  significaba  que
ahora tenía dos deudas que saldar con él, y se encargaría de
que  así  fuera,  decidió  Itachi mientras  el  socio  se  disponía  a
presentarle a su grupo de jóvenes arquitectos.
¿Por  qué,  por  qué  de  todos  los  hombres  que  aparcaban  sus
coches en Londres había tenido que robarle el sitio a aquel en
concreto?,  se  preguntó Chie  angustiada. No  tenía  sentido
repetirse a sí misma que aquel comportamiento no era propio
de ella y que había surgido de  la desesperación. Aquello no
significaría nada para el hombre que avanzaba  lentamente
en su dirección.
Itachi  habló  uno  por  uno  con  todos  los  arquitectos  jóvenes,
preguntándoles en qué parte del proyecto habían participado.
Sasori,  por  supuesto,  se  apresuró  a  demostrar  que  él  era  un
trabajador  en  equipo  y  al mismo  tiempo  se  las  arregló  para
lanzarle  a  Chie  una  mirada  que  indicaba  que  ella  no
formaba parte de ese equipo. Lo que Sasori no sabía era que no
necesitaba  tratar de sembrar  la duda sobre ella. Ya se había
encargado ella misma.
Con  el  estómago  tenso  por  la  angustia,  esperó  y  esperó,
consciente  de  que  iba  a  pagar  por  lo  que  había  hecho,  y
consciente también de que el cliente estaba disfrutando con su
tormento.
Cuando estuvo delante de ella, el poderoso magnetismo  de
su personalidad la llevó a dar un paso atrás.
-¿Y usted, señorita...?
-Chie —respondió ella—. Chie Taruma. 
—¿Cuál fue su contribución al proyecto?
—¿No  era  la  refrigeración?  —alguien  se  rió,  pero  Chie  lo
ignoró.
—Trabajé en el aire acondicionado con  la  idea de  incorporar
un sistema ecológico —contestó con tirantez.
-Un  sistema  que  creo  que  ya  se  ha  salido  del  presupuesto,
¿verdad?  —señaló  Itachi  mientras  deslizaba  lentamente  la
mirada sobre ella.
Se había dado cuenta de cómo  la había mirado Sasori y había
adivinado que era  tan  impopular entre sus compañeros como
lo  era  para  él.  Eso  significaba  que  no  era  una  buena
trabajadora en equipo, y eso afectaría el trabajo de cualquier
proyecto en el que participara.  Le  sorprendía que el estudio
siguiera manteniéndola en su puesto.
A Chie  le  latió  el  corazón  con miedo.  Le  habían  puesto  a
trabajar en el aire acondicionado porque se había salido del
presupuesto  y  ella  era  buena  para  ajustarse  al  dinero  que
había, pero no podía decirlo  si ni  siquiera el  señor Namikaze
había salido en su defensa. 
Sabía que Itachi Uchiha estaba  jugando con ella.  Iba a pedir
que  la  sacaran  del  proyecto,  estaba  segura,  y
probablemente sería despedida. Un sudor frío le perló la piel
y  sintió  una  náusea  en  el  estómago.  No  podía  perder  su
trabajo. No  debía.  Y por  debajo  del miedo  se  adivinaba  un
furioso desprecio por aquel  hombre que estaba utilizando  su
poder para atormentarla.
—No  me  gusta  el  diseño  del  aparcamiento  del  edificio  —
continuó  Itachi  volviéndose  de  nuevo  hacia  el  socio  y
rompiendo  el  tenso  silencio  de  la  sala—.  Tal  vez  Chie
debería trabajar en ello, mientras alguien más experimentado
se ocupa del aire acondicionado.
Chie  sintió  cómo  le  ardía  la  cara.  Había  insultado  su
capacidad profesional y al mismo  tiempo se había apuntado
un  tanto por su encontronazo matinal. La había humillado en
público, admitió derrotada. El  socio  se apresuró a asegurarle
que sí, que eso sería exactamente lo que haría.
Cuando  Itachi  Uchiha  salió  del  despacho  con  el  señor
Namikaze, Chie alzó la barbilla. No iba a permitir que nadie,
y  menos  que  nadie  él,  supiera  lo  herida  y  asustada  que
estaba.
Todavía se atrevía a retarle, pensó Itachi furioso cuando la vio
levantar la barbilla. Bien, pronto sabría que aquél era un error
peligroso. Peligroso para ella.

3 comentarios:

  1. buenisimo
    Itachi es un maldito desgraciado...
    un consejo, checa bien tus adaptaciones porque le pusiste ojos plateados a Itachi
    pero de ahí en fuera.. ¡soberbio! ¡maravilloso!
    sigue así

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. plateados? eso si es raro, lo lei y le cambie a negros que yo recuerde :S

      Eliminar
  2. Waaaaa!!! No lo puedo creer!! ¬¬ Como siempre Itachi con su actitud machista ewe Pero ya le demostrarás que eres muy capaz juum!! Y ese Sasori que se cree también!! Me dan ganas de ahorcarlo xDD Ahh y ntp por lo de Sasuke, ya comprendí porque :D Uhhh Sr. Namikaze :3 Jajaja a ver cuando subes la continuación!

    ResponderEliminar